|
.
El alcoholismo
es una enfermedad crónica que afecta a la familia completa
de quien la padece y que puede llegar a ser fatal. Se sabe que esta
patología es de tipo neurobiológico (no de la voluntad);
también se ha descubierto que tiene una cierta base genética
y si bien la intensidad de esta herencia aún está
en discusión, se ha establecido que puede "transmitirse",
sobre todo de varón a varón (en una proporción
de uno de cada tres a cuatro hijos).
Es más, cuando el alcoholismo se inicia a temprana edad,
alrededor de los 15 años, generalmente se lo vincula con
el factor genético. Por ello, estas personas tienen mayor
apetito por la bebida y la toleran mejor. Otras, en cambio, comienzan
a beber por influencia social.
En ambos casos, explica Rolando Chandía, psiquiatra de la
Universidad de Chile, especialista en adicciones, se intenta ocultar
la enfermedad y es justamente la negación la principal característica
de las dependencias en general.
De ahí el sufrimiento de quienes están más
cerca del afectado. Debido a que usualmente son los familiares quienes
después de mucho tiempo deciden someterlo a una terapia,
a regañadientes del consumidor, el diagnóstico suele
ser tardío. Por lo tanto, ya ha habido una evolución
de la enfermedad. En caso de ser severa o terminal, las alternativas
son sólo dos: o continuar bebiendo o dejar el alcohol de
por vida.
Lo positivo es que, a mayor información disponible, más
precozmente puede detectarse y así permitir que la persona
controle el consumo sin abandonarlo totalmente.
Alto costo familiar
Sea como fuere, el alcoholismo destruye a la familia, porque transforma
al padre en un jefe de hogar ausente, que ha perdido sus valores
y principios. Incluso, puede provocar que sus hijos se inicien tempranamente
en el consumo de drogas.
"Como el alcohol hace las veces de un anestésico a nivel
de la corteza cerebral, el enfermo actúa sin pensar, transformándose
en un ser impredecible", dice Chandía.
Tanto la esposa como los hijos experimentan desde rabia e impotencia
hasta desesperanza y soledad, sintiendo a veces deseos de verlo
muerto, por ejemplo, cuando no llega a casa.
En las hijas la historia se repite
Algunos estudios, advierte Chandía, han demostrado que todos
quienes conviven con un alcohólico tienen algún trastorno
psiquiátrico, que puede ir de moderado a severo. Fundamentalmente,
se produce en ellos una codependencia, es decir, viven en torno
a la situación y postergan sus actividades cotidianas.
Pedro Flores, terapeuta ocupacional de la Universidad de Chile y
del equipo de tratamiento de adicciones del Centro Neuropsiquiátrico
de Santiago, aclara que los hijos varones generalmente sienten tanta
vergüenza de su padre que evitan llevar amigos a su casa. "Las
mujeres, en tanto, tienden a emparejarse con un consumidor",
comenta.
Terapia en conjunto
El tratamiento, mínimo de dos años, tiene etapas muy
claras. Comienza con la desintoxicación del paciente, quien
experimenta síntomas de privación y requiere medicamentos
para contrarrestarlos. Posteriormente, se hace una evaluación
del enfermo desde sus aspectos neurológicos hasta psiquiátricos
y luego se analiza a la familia.
La terapia contempla, además, hacer que la persona tome conciencia
del problema, que aprenda a evitar las recaídas y que sea
capaz de crear un proyecto de vida de desarrollo personal que lo
ayude a disfrutar del paso que está dando. Finalmente, se
recurre a la mantención a través de grupos de apoyo.
"Nosotros -explica Flores- les enseñamos a los familiares
a que digan lo que están dispuestos a cumplir, a colocar
límites. Con el enfermo trabajamos, evidentemente, en que
deje de consumir, que reconozca sus falencias y potencie sus habilidades.
Es como desprogramarlo y volver a programarlo".
En todo caso, la rehabilitación, según señala
Chandía, suele ser exitosa y, por lo general, el enfermo
se vuelve mejor persona al crecer como ser humano, al lograr desarrollar
un estilo de vida más sano, al buscar nuevos proyectos y
al reencontrarse con su familia.
Cómo reconocer a un alcohólico
Si una persona cumple con sólo tres de los criterios mundialmente
establecidos que definen a un alcohólico, en un lapso de
doce meses, ya se habla de enfermedad y no de abuso.
Estos criterios para identificar a un enfermo son:
· Fuerte deseo de consumir alcohol.
· Mayor tolerancia a la bebida, es decir, que la persona
requiera de una mayor cantidad para obtener los mismos efectos.
· Al suspender o disminuir el consumo, el alcohólico
se siente mal tanto física como psíquicamente.
· Las molestias se alivian bebiendo alcohol.
· Se abandonan progresivamente otras fuentes de placer.
· A pesar de las consecuencias negativas de la enfermedad,
de las cuales la persona es consciente, no se disuade de beber.
El afectado sabe cuándo comienza a consumir alcohol; no cuándo
terminará, ni cuánto ingerirá.
|