Recientemente
ha cobrado un interés especial el efecto que puede tener el consumo
de tabaco sobre el proceso fisiológico del envejecimiento cutáneo,
manifestado por la aparición de arrugas faciales de forma precoz
(Grady y cols., 1992; Kadunce y cols, 1991; Ribera y cols, 1994).
El estudio de los efectos del tabaco sobre la estructura macroscópica
de la piel se remonta a 1965, año en que Ippen relaciona por primera
vez desde un punto de vista epidemiológico la presencia de arrugas
faciales y el consumo de tabaco.
Desde
entonces se han publicado ya númerosos trabajos los cuales han demostrado
la asociación entre el hábito de fumar y la presencia de cambios
macroscópicos en la piel de la cara (Daniel HW, 1971).
Estas
alteraciones clínicas llamadas también "rostro del fumador", han
sido agrupadas en cuatro tipos:1)
Arrugas finas en los labios superiores y las comisuras palpebrales
externas "patas de gallo". Líneas profundas y superficiales en las
mejillas y mandíbula. 2) Aspecto rugoso de la piel con coloración
ligeramente grisácea. 3) Adelgazamiento de la cara, con prominencia
anormal de los relieves óseos, especialmente de los pómulos. 4)
Piel de apariencia pletórica de color rosado o anaranjado pero no
cianótica (Kadunce y cols., 1991).
El
sustrato patológico que puede explicar dichas arrugas parece ser
debido a una alteración en las fibras elásticas de la piel. El humo
de los cigarrillos da lugar a un aumento de la actividad neutrófila
de la elastasa dando lugar a una elastina anormal (Smith y cols.,
1996; Weitz y cols., 1987).
A
su vez el tabaco produce una disminución de la vitamina A en la
piel eliminando el factor protector de la misma sobre los radicales
libres (Joffe, 1991).
En un estudio realizado por Ernster y cols. en 1995 demostraron
que el riesgo relativo de arrugas en el hombre fumador era 2.3 y
el la mujer fumadora de 3.1 (este es el primer estudio que sugiere
que las mujeres fumadoras son más susceptibles a la aparición de
arrugas que los hombres)
Fuente: www.cnpt.es